Árbol charyou

El sol es inclemente a esa hora de mediodía, pero el labriego no ceja en su labor. El sudor corre a mares por el rostro curtido, empapando la rústica camisa de franela raída por los años. Las callosas manos empuñan la hoz con destreza, ejecutando mecánicamente la ceremonia. Es el tiempo de la siega, de cortar los tallos maduros que luego serán separados de las doradas espigas. Es el tiempo de recoger lo que se sembró, de conocer hasta que punto el ciclo fue benévolo.

- Vida para ti, vida para tu cosecha.- entona en un susurro.

Reflexiona por un momento en el delicado trabajo que le ha sido encargado y se cuestiona (una vez más) si será el único labrador en ese campo. La respuesta (como siempre) es una incógnita.
Pero el patrón es astuto, piensa con un dejo de amargura. El patrón sabe que él no puede eludir su trabajo, pero que la compañía de otros sería equivalente a un alivio, una recompensa. Y él fue castigado, castigado con el más duro de los trabajos. Y no puede eludirlo.
Tiene que encargarse de todo el campo, el cual se extiende más allá de la vista. Es tan amplio que cuando llega al final, en ya están maduros los tallos del comienzo. Un ciclo eterno. Una rueda que no se detiene.
Cortar tallos, avanzar un paso, limpiarse el sudor, cortar tallos, respirar aire caliente, cortar tallos.

Los recuerdos son borrosos, no sabe cuando fue que empezó ¿o tal vez siempre fue así?
Segar, caminar, respirar, suspirar, segar. Una vida llena de padecimientos y de incógnitas.
La única certeza es saber que lo vigilan. Que siguen sus pasos a lo largo del campo, que adivinan su llegada, su paso y su ida. Pero nunca lo reciben de buen talante. La siega no es para cualquiera, sólo para él. Aunque él tampoco la disfruta. Quizás antes, pero ya no. Ha tenido bastante de esa siega eterna, de dejar a sus espaldas un campo lleno de espigas esparcidas por el suelo, tallos cortados en plena madurez como vidas arrancadas en pleno apogeo.
Un tallo, una vida, un alma.

- Vida para ti, muerte para mi cosecha. – susurra

No, está mal. La frase está mal, el campo está mal, la siega está mal. El sol también debe estarlo, y sin duda él también se siente mal. ¿Y el patrón? No lo sabe.
De pronto rie, una risa de estertórea, chillona, enajenada. Cree haber descubierto la respuesta a la pregunta que lo atormentaba. La revelación lo golpea en el estómago, y lo hace detenerse. La hoz se balancea en su mano, proyectando la media luna de sombra sobre el suelo recién segado.
Adivina una silueta, allá en el horizonte. Pero no va a su encuentro, sino que da vuelta y corre en dirección contraria, pisoteando a su paso los tallos rozagantes.

El patrón lo mira, entornando los ojos. Sabe lo que le ha ocurrido al segador, porque no es el primero ni será el último. Es hora de reemplazarlo, reflexiona, de poner a otro a cortar los tallos maduros que ya han alcanzado el punto culmine de su existencia. Es hora de buscar otro que empuñe la hoz bajo el sol del mediodía, y atraviese los campos segando vidas. Es el ciclo eterno, y no puede interrumpirse.

- Árbol charyou – susurra no sin cierto pesar. – Muerte para ti, vida para mi cosecha.

Venid a segar.